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El poder de la lengua
Fernando Luis Arancibia Ulloa*

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el tacú de papel
Desde tiempos antiguos se ha reconocido el inmenso poder de la lengua. Algunas tradiciones afirman que la lengua es un legado divino, cuyo uso inadecuado causa daños impensables a las personas receptoras de las palabras hirientes. El buen uso de la lengua, por su parte, dirigido a provocar el bien ocasiona cambios positivos en las personas beneficiarias del buen decir. La lengua tiene el poder de las palabras. Las palabras hay que saber decirlas, porque no tienen vuelta. Una vez lanzadas pueden causar dolor o felicidad, según lo que se haya dicho y en qué momento. La lengua es una cuestión de vida o muerte.

Cuentan los historiadores cómo el poder hipnótico de las palabras que ensalzaban la pureza de la raza, en su momento había llevado a la humanidad a presenciar un genocidio inútil como desesperante. El efecto, sin duda debe atribuirse a la fuerza de los mensajes expresados en palabras adecuadas a las circunstancias históricas. Las palabras tienen vida y fuerza. Las palabras de odio, violencia y rechazo generan en las personas situaciones de confrontación, estallidos de ira y ataque, mientras que impiden asimilar como corresponde las palabras que vienen del otro lado emisor. El poder de la lengua da fuerza a los sueños.

El célebre activista de los derechos afroamericanos de la década de los años sesenta, Martin Luther King, asesinado después, expresó: “Yo tengo un sueño”, palabras que inspiraron a millones de personas de la población negra a seguir luchando por el reconocimiento pleno de su ciudadanía hasta que lograron sus objetivos. Hoy están esperanzadas por una vida mejor con la llegada de Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos. Las palabras expresadas con la convicción de la verdad y la justicia adquieren un poder impresionante para alentar las ilusiones y dar impulso a auténticas proezas de acercamiento entre humanos

Las hazañas deportivas han estado precedidas de manera frecuente por las palabras de aliento de los entrenadores a sus pupilos justo antes de emprender la superación del obstáculo. “¡Tú, puedes, vamos!”. También cuando el profesor alienta las esperanzas de sus alumnos, o los alecciona a mayores emprendimientos: Se tú mismo, triunfarás. O las palabras de los padres a sus pequeños y temerosos hijos, al asegurarles que todo estará bien, que papá y mamá estarán aquí para cualquier cosa, habrán sido suficientes para animarlos. Una palabra de aliento dicha a una persona cobra mucha más importancia porque le puede cambiar el día e iluminar el rostro para toda la jornada. Las palabras deben ser muy cálidas.

El poder de la lengua ha cambiado el destino de los pueblos. “Todos somos iguales y con los mismos derechos y obligaciones”, son palabras que encierran los nobles conceptos de la igualdad entre semejantes, la participación en sociedad con similares desafíos y unidos por la convicción de la evidencia. Necesitamos más de esas palabras, Necesitamos más de ese poder de la lengua para que la humanidad transite por otros derroteros, distintos de los que hoy por hoy tienden a enfrentarnos. Palabras que construyan la paz, la equidad, la justicia y la cooperación entre semejantes. Palabras justas que ayuden a salvar del desastre al planeta.

El poder de la lengua ha cambiado al mundo y lo seguirá haciendo. Todo depende de quién ejerza ese poder, de manera individual o colectiva y cómo lo ejerza. Las palabras positivas, como la vida, siempre se abren camino más temprano que tarde. El poder y el triunfo de las palabras positivas por sobre las negativas depende de los contextos históricos concretos. Pero como la vida o el mismo pensamiento humano, las palabras positivas tienen un decurso inevitable hacia la superación de los problemas y a la victoria de la verdad.

*Fernando Luis Arancibia Ulloa es periodista. Médico pediatra. Magíster en Salud Pública y en Educación Superior

 
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